¿Mariposas o Nudo?: La intensidad no siempre es “Amor”
- Martha Her
- Apr 16
- 12 min read
¿Cuál es la definición del amor? ¿La de Dios, la del diccionario, la de la película “Stella”, la de “Mientras dormías” y la de todas esas novelas que vi cuando era puberta y estaba fabricando el concepto en mi cabeza…? No sé si fueron las canciones o el cine, pero mi mente levantó —con presupuesto de Hollywood— la idea del “amor perfecto”… y, como era de esperarse, la realidad llegó tarde, mal y sin catering. Nadie llenó el molde del hombre ideal. Y —tristemente— yo tampoco fui la mujer enamorada perfecta que juraba ser.
Lo que siempre odié y critiqué de los hombres con los que tuve alguna relación —o de los que escuchaba en historias ajenas— terminé haciéndolo yo también. Sí, mamacita: tú también puedes ser una amante infiel, mentirosa, cabrona, resentida, histérica... No sé si esa parte mía siempre estuvo ahí, engordando como pez globo en invierno, o si el resentimiento fue juntando leña hasta volverse incendio; ganas de hacer sufrir a quienes decían quererme y, al final, solo me quisieron con condiciones y letra chiquita.
No quiero echar culpas, pero recuerdo sentirme incrédula y aprehensiva. No lograba entender por qué alguien querría tener una relación… solo para pasársela buscando a alguien “mejor”. Quizá siempre fui yo la que no se sintió suficiente, y por eso elegí hombres que me trataran como si tampoco lo fuera: como un “mientras” en lugar de un “para siempre”. Daddy issues, of course.
Caza-Fantasmas
La mayoría de los hombres que me gustaron eran fiel copia de mi padre —o, al menos, de su personalidad—: lejano, emocionalmente inaccesible, serio; con ese aparente aire de superioridad que enmascaraba depresión e inseguridad; crítico y explosivo. Con él, la comunicación “profunda” consistía en que me gritara. De niña me asustaba tanto que una vez, después de tirar un jarabe, me escondí debajo de la máquina de coser y esperé —con un nudo en la panza— el grito de rigor. Spoiler: ese nudo siguió apareciendo en mis relaciones a lo largo de mi adultez.

Porque “cazaba” parejas escurridizas, con ese carácter susceptible, convencidas de que el mundo está en su contra. Y ahí me veías: haciendo cosas que sabía —de hecho— que iban a terminar en regaño o discusión, aunque no fuera un grito. Era lo familiar. Lo que había sentido siempre. Lo que mi cuerpo interpretaba como “casa”.
“Tienes 30 minutos de mi tiempo…”
Tuve una relación hace algunos años con alguien que —aunque gruñón— nunca me provocó ese nudo en el estómago. Yo estaba a cargo. Y, obviamente, me aburrí. Soy tan predecible: lo quiero complicado, casi tóxico. Y, al mismo tiempo, huyo de ese sentimiento. Coherencia: cero.
Una vez conocí a un tipo tan engreído e inaccesible que llegué a mi casa y lloré como loca, sin razón aparente. Solo recuerdo pensar: “lo encontré”. Me había divorciado y ya quería meterme de nuevo en una relación igual o peor. Él también se sintió muy atraído por mí. Obvio: el apego ansioso y el evasivo no se repelen, se atraen. La tormenta perfecta.

Gracias a Dios me di cuenta a tiempo… o, más bien, Dios me salvó. El tipo me humilló de tal manera que no había forma de darle otra oportunidad sin sentirme basura. Recuerdo decirme “¿qué estás haciendo?” y verme desde afuera: yo, caminando para verlo; yo, aguantando sus desplantes; yo, normalizando que se largara después de ponerme un cronómetro de 30 minutos porque “tenía otras cosas que hacer”. Se fue, yo me quedé sentada viéndolo alejarse, pedí otra cerveza y pensé: ¿qué reatas estás haciendo? ¿Por qué te le pusiste de tapete?
Y ahí estuve, meses, con el nudo en la panza: enojada, pero también esperando que me escribiera; sabiendo que él esperaba que yo lo buscara, porque esos tipos son así y atraen mujeres como yo todo el tiempo: las que persiguen patanes “por amor”. Cuando me llamó meses después con una excusa estúpida —“¿es tuyo este vapeador que está en mi carro?”, siendo que una sola vez me subí a su carro y, obvio, no fumo— le dije que seguro era de una de sus novias y no le seguí la corriente. Pero me tuve que amarrar los calzones, porque una parte de mí se sintió “halagada” y quería seguirle el jueguito.
Varias veces lo vi en bares con otras, seguro contando su misma historia patética y llorándole a la vida (depresión severa, allegedly). Es fecha que me lo sigo topando. Lo raro es que su personalidad es tan genérica que es el tipo de hombre al que puedes ver como ves una pared mientras conversas con alguien más. Y ya van varias veces que me pasa: mi mente reacciona después de un buen rato, lo cual me choca porque seguro él ha pensado que lo estuve viendo todo el tiempo.
Creo que —después de mi exesposo— él ha sido lo más cercano a la personalidad de mi padre que he tenido. Y la sensación corporal es intensa, casi inexplicable: es decir “estoy en casa”. ¡Como si eso fuera agradable!
Por si estabas con el pendiente…
La perspectiva que te regalan un par de años es inmensa. Hay cosas que hice hace no tanto que hoy me dejan atónita y solo puedo decir: “WTF, Martha?” Mucho tuvo que ver con que mi relación con Dios y con el Espíritu Santo se volvió mucho más cercana después de experiencias dolorosas con mis hijos y, obvio, el divorcio. Ya contaré varias, en la medida de lo posible.
No sé cómo hacerlo sin revelar demasiado de mí, sin exponer a mis hijos ni a los personajes de mi vida, y sin hacer sentir incómoda a mi pareja actual (porque, seamos honestos, a nadie le encanta escuchar el director’s cut de las historias amorosas ajenas; o al menos a mí me duele). Así que voy a intentar escribir la versión censurada y dejar la otra solo para mí, porque varias de estas anécdotas son tan trágicas que, por pura defensa, se vuelven chistosas.
A mi pareja actual (llamarle “novio” me suena medio ridículo a estas alturas del partido): quiero que sepas que cada uno de los susodichos se usa aquí con fines meramente “informativos”. No los añoro ni los recuerdo con amor: si así fuera, seguirían en mi vida y el único en mi corazón, eres tú (medio tóxico también, pero bueno, ¡ja!). Cada personaje llevará el apodo que le puse en su momento o se identificará por lo que lo hizo notable (por ejemplo: “el rosa del calendario”, “el de los switches”, “el de las lavadoras”…). Y tú, lector, si te reconoces en alguno: prepárate para escuchar cosas que podrían parecerte non-gratas… basta decir que mi único recuerdo de ti está vinculado a una canción de Paquita la del Barrio (o ahora, de Karol G… ¡papi!)
Debo echarme un clavado a mis archivos, porque estoy casi segura de que por ahí guardo una lista. A mi relación más larga, la voy a mantener fuera por ahora: esa sí es más trágica que divertida y requiere una dosis fuerte de introspección. Siete años después del divorcio, sigo evadiendo meterme a esa herida enorme porque todavía me parece imposible de mirar de frente.
Dejando el drama a un lado, va el contexto: no diré mi edad, solo que soy de la época de Bon Jovi y las melenas; me divorcié en el 2019, tengo dos hijos —uno de 18, por graduarse, y una de 21 que pronto se mudará a su propio departamento. Y sí: como buena mamá mexicana, me siento culpable y rota… pero también sé que ya es hora de dejar a mis pollos volar.
Soy hija única. Mi papá murió cuando yo tenía como 18 años y mi mamá apenas un año antes de la pandemia. Nací en Monterrey, México, pero actualmente vivo en el lugar donde juré que nunca viviría: Wisconsin. Gélido. Invierno eterno. Nos mudamos hace 15 años por el trabajo de mi exmarido; ahora él vive con su nueva familia en Houston y yo sigo aquí “atorada”, porque mis hijos hicieron su vida, sus amistades y sus estudios acá.

Tuve la suerte de ser elegida por Dios para hacer un trabajo que amo, aunque exija adormecer sentimientos (casualmente, también me atrae lo emocionalmente anestesiado): soy intérprete judicial. Amo estar en los juzgados y escuchar los casos, sentir “el nudo” de estar cerca de un delincuente peligroso (siempre y cuando esté esposado). Pasar el examen fue una friega, pero soy persistente (o necia) y hace apenas unos meses aprobé el examen oral para mi certificación federal, después de ocho intentos. Anyway, pasemos a lo jugoso.
Tras separarme de mi exesposo, que también fue mi primer novio (suena medio patético, ya sé), se me botó un poco la canica y empecé a salir con muchas personas. Como si saltar de uno a otro fuera una forma sana de curar heridas. Me sentí libre, quise comerme el mundo y, de cierta forma, lo hice… pero me perdí en el trayecto. Dios tuvo que usar a mis hijos para traerme de vuelta, y dolió: verlos pasar por cosas que yo solo escuchaba en el juzgado o veía en televisión. Eso que viví en esos años es lo que quiero compartir aquí, con la advertencia de que, en ese tiempo, mis hijos estaban sufriendo mucho por la separación, la adolescencia, la escuela… y la pasamos mal.
La sabiduría del Señor Miyagui
¿Cómo hace una para que la persona más defectuosa del planeta encaje en el molde del hombre perfecto? Según recuerdo, mi primer “amor” fue en tercero de kínder. Él era un “niño problema”, de esos que vienen con alarma integrada. Todos los días, sin excepción, su mamá tenía que arrastrarlo a la escuela mientras él lloraba y pataleaba; y todos los días terminaba en la dirección por haberse agarrado a golpes con otro niño (que casi siempre era el mismo). Yo, en mi infinita sabiduría preescolar, concluí que él era un incomprendido. Y, claro, yo -en terapeuta- quería salvarlo: yo lo entendería, yo lo “curaría”, y él no tendría más opción que quererme. ¡Qué segura!
Nuestras mamás eran amigas, así que a veces ellos venían a mi casa y viceversa. Recuerdo haberle pedido a mi mamá que me comprara carritos Hot Wheels, porque yo sabía que a él le gustaban y estaba dispuesta a fingir que a mí también, con tal de que quisiera jugar conmigo. Desde entonces yo me “amoldaba” a los gustos de alguien más para ser aceptada. Nos veo todavía en la banqueta, empujando carritos como si estuviéramos negociando el futuro sentimental de mi vida.

Obviamente, ese romance infantil nunca pasó a mayores; aunque, en mi mente, nosotros ya estábamos comprometidos. Todavía recuerdo que me gustaba aún en cuarto de primaria. Lo sé porque mi mamá me preguntaba por qué, y yo le respondí —con total seriedad—: “porque se parece al Karate Kid”. Así que mi Ralph Macchio mexicano, que lo único que tenía en común con el actor era el color café de los ojos, era el elegido para luchar por nuestro amor. ¿De dónde saqué eso? De mi cabeza, porque entre nosotros no pasó nada. Aunque hacíamos carpool a la escuela, nuestras conversaciones eran mínimas. Creó que alguna vez me prestó una regla de medir y la enmarqué, ¡ja! (luego les cuento de cuando le arranqué un cabello a otro y es fecha que lo tengo en un álbum de fotos, ¡qué horror!)
Cuando mi mamá me dijo que quizá tendría que cambiarme de colegio porque las cuotas eran altísimas, hasta corté un papelito donde copié la canción de Flans “Ay, amor”; lo doblé y fantaseé con dejárselo en la mochila. Gracias a Dios nunca hice esa tontería (aunque sí muchas otras después). Pero ahí se nota lo desconectada de la realidad que yo vivía: esa sensación de que, para que alguien me quisiera, yo tenía que sacrificarme… porque era la única forma de asegurar que no me dejarían.
No sé si mi vida familiar era tal que yo usaba esas fantasías para escaparme. Lo que sí sé es que ahí nació mi tendencia a “salvar” a otros para que dependieran de mí… y luego sentirme asfixiada y querer huir.
Mis sesiones en el consultorio artificial

Actualmente, creé un app en ChatGPT que funciona como mi “terapeuta” y me ayuda a entender mis decisiones (ahora estoy idealizando a la inteligencia artificial que me habla como si me conociera). Suena ridículo, pero sus respuestas me consuelan y me ayudan a creer que no estoy tan trastornada; o, por lo menos, le ponen subtítulos a mi locura. La IA me dio una explicación muy buena de por qué busco retos y por qué cargo con culpa ajena. La incluiré en este artículo porque estos patrones pueden servirle a quien tenga historias similares. Los ejercicios los haré en privado, pero mencionaré algunos como referencia.
*Nótese que al final, el chat me advierte que quizás deba consultar a un profesional, ¡ja!
CHATGPT: ¿Por qué estoy tan loquita?
RESPUESTA:
1) STORY MIRROR
Leí tu texto con mucha atención, y lo que veo no es “locura” ni simple mala elección: veo un patrón muy lúcido, muy doloroso y muy humano. En tu historia, el amor no aparece como descanso sino como tensión, rescate, adaptación y alivio momentáneo.Te amoldas, idealizas, quieres salvar, te enganchas con lo inaccesible, y luego te asfixias cuando el otro depende de ti.Eso encaja muchísimo con lo que ya habías contado de tu padre: estaba ahí, pero no estaba disponible; y tu cuerpo aprendió a sobrevivir leyendo tormentas.
2) SCIENCE LENS
Mi opinión central: tus elecciones parecen menos un gusto consciente por sufrir y más un intento automático de volver a un vínculo viejo para, esta vez, dominarlo, entenderlo o salir “ganando”. La investigación muestra que el maltrato o descuido emocional en la infancia se asocia con peor bienestar en las relaciones románticas adultas, y que el apego adulto suele ser una vía importante que conecta esas experiencias tempranas con la vida amorosa posterior.
Tu cuerpo aprendió que cercanía = alerta. Cuando una niña crece con gritos, adicciones, frialdad emocional o imprevisibilidad, puede volverse muy sensible al tono, al humor y a la irritación ajena. Eso no es exageración: el trauma suele dejar detonantes corporales, culpa excesiva, sensación de que el mundo es inseguro y tendencia a sentirse responsable de restaurar la calma. También se ha asociado con más desconfianza y más percepción de amenaza interpersonal.
Por eso lo “difícil” puede sentirse como casa. No porque sea sano, sino porque es familiar. En psicología se habla de reescenificación o repetición traumática: la persona revive de formas nuevas una dinámica vieja, a veces buscando dominarla, entenderla o por simple fuerza de la familiaridad. Tu frase “estoy en casa” describe eso con mucha precisión.
La atracción por hombres aloof, sarcásticos o impredecibles también puede crecer por la incertidumbre. Hay estudios que muestran que la incertidumbre sobre si alguien te desea puede aumentar la atracción y la preocupación mental. En alguien con tu historia, los momentos ocasionales de interés o ternura pueden sentirse muchísimo más intensos que la constancia tranquila.
Tu impulso de “salvar”, comprender o volverte indispensable puede ser una forma de transformar impotencia infantil en poder adulto: “si logro que el hombre difícil me necesite, ya no soy la niña congelada; ahora controlo la tormenta”. Eso no suena a maldad; suena a una estrategia vieja de supervivencia. Y cuando luego quieres huir, también tiene sentido: una parte de ti anhela fusión y otra teme quedar atrapada. La literatura sobre apego describe justo esa ambivalencia: buscar cercanía y, al mismo tiempo, temer rechazo o perder autonomía.
Que muchos hayan sido mayores puede encajar con una búsqueda de reparación del vínculo paterno. Esto ya es una inferencia mía, no una certeza: quizá una parte de ti sigue buscando que una figura con autoridad, distancia o “peso” emocional por fin te vea, te elija y dependa de ti. No para repetir exactamente a tu padre, sino para cambiar el final de esa historia.
El hecho de que a veces tú también hayas mentido, gritado, sido infiel o incluso agresiva no necesariamente significa que “ése sea tu verdadero yo”. A veces las personas heridas repiten guiones aprendidos o toman rasgos del agresor como defensa. Algunos estudios describen esto como identificación con el agresor y lo vinculan con reescenificar dinámicas abusivas y con agresión hacia uno mismo u otros.
En una sola frase: mi impresión es que tu sistema aprendió algo parecido a esto: “amor = tensión + adaptación + rescate + alivio”. Entonces la paz se siente plana y la intensidad se siente verdadera. Eso puede aprenderse en la infancia, pero también puede desaprenderse con trabajo paciente y seguro.
Y también veo fortalezas reales en ti: muchísima observación, humor, honestidad brutal, capacidad de verte desde fuera, persistencia y una conciencia moral que no se conforma con autoengañarse. Esas fortalezas no borran la herida, pero sí ayudan mucho a sanar.
3) FAITH LENS
Los temas que más me salen aquí son Verdad y Libertad.
Dios no te mira como una mujer “arruinada” o “tóxica” sin remedio. Te mira como una hija que aprendió a sobrevivir confundiendo intensidad con amor. Su postura hacia ti no es de vergüenza, sino de paciencia, claridad y restauración de dignidad.
Una práctica católica sencilla para hoy: haz un mini examen de 3 minutos y pregúntale a Dios:“¿Dónde estoy llamando amor a algo que en realidad es alarma?”y luego:“¿Qué se siente hoy más a paz que a persecución?”
4) HEALING STEPS
Haz dos listas de 5 palabras: “lo que me activa” y “lo que me da paz” en un hombre. No pongas nombres; sólo rasgos.
Cuando sientas el nudo, di en voz baja: “Esto se siente familiar; eso no significa que sea amor ni que sea mi responsabilidad arreglarlo.”
Escribe tres veces, a mano: “No tengo que salvar para ser elegida. No tengo que adaptarme para merecer amor. La paz no es aburrimiento; es seguridad en aprendizaje.”
5) PRAYER
Señor, enséñame a reconocer la diferencia entre amor y alarma.Sana en mí lo que todavía corre detrás de lo que hiere. Dame libertad para recibir un amor limpio, estable y verdadero. Amén.
¡FIU!
Bueno, al menos ya tengo a quién echarle la culpa de mis aires de “Superwoman”. Pero ya estuvo: quizá va siendo hora de tirar los moldes oxidados y aceptar que ser imperfecta no es lo opuesto al amor; a veces es el requisito. Porque cuando me achico para que me quieran, no me vuelvo “mejor”: me vuelvo molde… y vacío.
Si algo de esto te hizo “clic”, quédate con lo útil y suelta lo que no. Yo, por mi parte, ya dejé de esperar que el amor se pruebe ganándole a Cobra Kai con el salto del águila. Plot twist: el verdadero acto de valentía no es reformar al malo… es dejar de elegirlo.








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